Esta catalogada como la joya más cultural del Pacífico no solo por volcán Rano Kau o los Moáis si no también por Volcanes, acantilados y cultura
bicada en Chile, la Isla de Pascua no es una isla al uso. A 3.700 km de cualquier trozo de tierra firme, y aislada por la pandemia desde agosto de 2020 al mismo mes de 2022, la historia de este lugar y su cultura son todo un ejemplo de la supervivencia.
Sus costumbres ancestrales estuvieron a punto de extinguirse en diversas ocasiones, siendo las más importantes el Tapu y el Umanga. La primera de ellas es un compendio de límites sociales dictados por los ancestros, y la segunda es una práctica que tiene en cuenta el bien comunitario.
Rapa Nui (isla grande) es como se la conoce en lengua nativa. Volcanes, acantilados y cultura forman un cóctel difícil de rechazar para aquel viajero que busque conocer uno de los lugares más escondidos del mundo.
Hanga Roa, su capital, es donde vive la mayoría de sus habitantes, punto de partida para explorar playas y monumentos, el volcán Rano Kau o los Moáis. Siete grandes estatuas se encuentran cerca de la ciudad, ubicadas en sentido equinoccial, formando el santuario de Ahu Akivi.
Varios moáis se reparten también en el complejo de Tahai, donde las rocas tienen grabados de petroglifos y varias cuevas muestran pinturas rupestres.
Subiendo hacia el volcán, la ciudadela de Orongo rinde culto al dios Make-Make, lugar donde cada año se celebra la investidura del Hombre Pájaro, el Tangata Manu.
El cráter de Ranu Kau, cercano, devuelve la vista de un jardín vegetal en el centro de un paisaje semejante al lunar.
Son muchas las curiosidades de esta isla: un total de 900 moáis ocupan la isla, que es Patrimonio de la Humanidad desde 1995. La isla está habitada por menos de 10.000 personas, a pesar de su extensión, casi un milagro si se descubre que, tras la colonización del siglo XIX, apenas quedaron 111 nativos en la isla.
300 años después de su descubrimiento, la isla sigue atrayendo cada año a miles de turistas. Descubierta en la Semana Santa de 1722 por Jakob Roggeveen, los habitantes la llamaban hasta entonces Te pito o te henua (el ombligo del mundo).
Las curiosas cabezas de piedra que pueblan la isla fueron talladas para ganarse la protección de los ancestros, y miden entre tres y diez metros de alto. Anakena, una playa paradisíaca de la isla, fue el escenario de la colonización del lugar, motivo por el cual una hilera de moáis mira hacia el mar al atisbo de cualquier amenaza